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lunes, 31 de agosto de 2020

Ilusiones

Quizás la culpa no era más que mía. No había nadie ni nada más al que cargar el muerto.
Siempre era yo. Yo y mi estúpida manía de ilusionarme.
Mi torpe costumbre de creer que podría volver a sentir las mariposas en mi estómago, cuando si las hubo tiempo atrás, ya murieron. Ahora en su lugar es carne putrefacta lo que habita en mi interior.
Tampoco hay ya nada de ese león que se comía las mariposas. Ahora es un gatito y mis ilusiones su ovillo con el que jugar, de aquí para allá, ajeno a cualquier realidad.
Pero ese minino se asusta ante el ladrido del perro que corre en su búsqueda, como si le fuera a alcanzar. Rápido y astuto huye, por ésta vez, pero vive intranquilo. Aún así, mejor inseguro viviendo su vida a su modo, que creyéndose libre mientras le ponen el bozal y la correa, más pareciendo una marioneta en sus manos. 

Todos somos dóciles. Alguna debilidad tenemos y la mía son las ilusiones. 
¿Cómo fui capaz de dejarme engañar?
Aunque es fácil hacerlo cuando crees firme y ciegamente en algo. 
Creí que sería posible, que una vida mejor y más feliz estaría ahí para mi, a la vuelta de la esquina. Que no tenía que hacer nada, que simplemente, llegaría. 
Quizá pensé que ese golpe de suerte llegaría en forma de nombre y apellidos. 
Que vendría en la complicidad que nace tras un abrazo al celebrar un gol en el campo de fútbol de mi equipo. 
En un cruce de miradas en el autobús. 
En el roce de manos al ayudar a recoger algo caído, como en las películas.
De unos favs en Twitter. 
En la sonrisa al repasar las fotos de Instagram.
Pero podría haber sido perfectamente un viaje. 
El típico sorteo que nunca toca, pero por una vez, se rompen los esquemas y ganas.
Algo tan simple como una felicitación por el trabajo bien hecho, en vez de sólo machacar cuando fallas.
Puede venir en la sonrisa de un niño pequeño que me mira en plena calle.
En el olor a lluvia cuando estoy más decaído.
Ese trébol de cuatro hojas, que esté ahí en el suelo, como si llevara mi nombre. 
Aquel paquete que olvidé que había pedido y me cambia el humor.  
La carta de un conocido. 
Ese mensaje que todos esperamos y que nunca llega.
Que mi artista favorito me mire a mi, entre el público, cuando recite mi frase favorita.

Pero, ¿qué más da? El café se me enfría. El helado se me derrite. Los planes siempre me salen al revés. Mi vida es un continuo traspié. 
Empezar algo y dejarlo a medio hacer.
La cantidad de historias que dejé sin terminar porque en la vida he sabido cómo avanzar, ni cómo hacer un bonito final. 

jueves, 6 de agosto de 2020

2020

Era ya tarde, la noche había entrado hacía varias horas cuando Ellie se tumbó en la cama. Sabía que era de esas veces que no dormiría fácilmente, que su mente estaba muy activa y no le daría tregua ni paso al descanso. Pese a ello, cerró los ojos con la intención de intentarlo.

En su cabeza se juntaron miles de pensamientos, ideas y recuerdos. Fue como si de la nada se dibujara una puerta y se agruparan las sensaciones más rápidas en llegar, luchando por querer pasar y visibilizarse antes que nadie. Era como tirar de un hilo de una cajita llamada ‘2020’.

Su cabeza se incendió como si de un bosque australiano se tratase. Entre la nube de humo y polvo de cenizas pudo ver un cadáver, lo reconoció rápidamente por todo lo que se había hablado de él: el general iraní. Trump estaba sobre él, riendo triunfante por haber sido la voz que dio luz verde al asesinato de ese hombre. En segundos el fuego le abrazó y trepó por su ropa, dejándolo desnudo. Por las lenguas de fuego que se alzaban a su alrededor y las llamaradas que aún se producían, se le veía de un color anaranjado, como si fuera un Dorito.
Ellie en su trance apretó dientes y párpados, y las ascuas empezaron a desaparecer. El humo cesaba, el cielo grisáceo se empezaba a tintar de verde y de la nada, empezaron a caer ceros y unos. Como si viviera en Matrix.
Comenzaron a apreciarse toda cantidad de números, juntándose, formando cifras cada vez más elevadas, creciendo por miles, como los contagios y muertes que un virus deja a su paso tras una pandemia.
Los miles se convirtieron en millones, en billones, y cada vez aumentaba más, nublando todo espacio ante su visión. Cuando ya no se distinguía un tres entre un ocho, un uno de un siete, o el seis se mezclaba con el nueve, lo que se formó por encima de todo era una máscara bastante famosa: Anonymus. Ofrecía su luto a una nueva muerte racista a manos de los policías de Estados Unidos. Antorchas encendidas inundaban las calles con gritos de “George Floyd”. Las protestas llenaban la ciudad, los altercados en las comisarías eran inevitables, y con ello, detenciones que llenaban calabozos. Una celda en concreto le llamó la atención, por la figura que aparecía tras unos barrotes, imagen que se volvía cada vez más nítida, permitiendo reconocer su rostro. ¿Ronaldinho? ¿Pero qué sentido tiene ese mago del balón, del fútbol, en la cárcel? Con una patada manda una pelota que se aproxima hacia Ellie haciendo que se sobresalte, mientras la pelota avanza entre botes. Boing, boing… Sorprendentemente, en cada saltito ganaba altura y en uno de ellos se elevó, despacio, permitiendo ver cómo se pierde en la altura, en la más absoluta oscuridad.
Tras un parpadeo, se pudo ver arriba un puntito moviéndose. Pensó en la pelota, pero apreció una forma así como aplastada. Giraba sobre sí misma, pero aproximándose. Creyó ver una figura ¿verde? ¿Son…?

¡Piii! ¡Piii!
Una alarma sonó estrepitosamente y el típico cartel de advertencia de las páginas de internet apareció ante sí:

jueves, 8 de agosto de 2019

Efímero


De repente la habitación dejó de estar a oscuras. Fue sólo un segundo, porque tras el halo cegador automáticamente mis ojos se cerraron. Como ese espasmo de quitar la mano al quemarte, o de sonreír al pensarte.
Cuando empecé a notar la claridad, pese a tener los párpados cerrados, los fui abriendo lentamente, para ver con qué me sorprendía ese nuevo mundo que había frente a mi.
De momento, había luz, tras tanto tiempo entre tinieblas.

Fue como si algo hubiese hecho clic y hubiera arrancado el mundo, y con él, me activase a mi.
Como si alguien que debía de habitar en mi interior girase la ruleta de mis emociones y la flecha se hubiese parado en  <felicidad>.
La luz de aquella celda se reflejaba en mis ojos, aunque no estaba del todo seguro si era eso, o el brillo que irradiaba: me notaba lleno de vida, de ganas, de sensaciones.
Tenía, de nuevo, ganas de correr, de saltar, de gritar. De reír a carcajadas, aunque me mirasen raro en la calle. Tampoco me importaba.
La vergüenza había desaparecido y con ella, el miedo.
-Pero, ¿qué…? – Surgió de entre mis labios.
Ese no era yo. Nunca fui así.

Volvía a notar el bombeo de mi corazón, más enérgico que nunca. Recuperado de tantas heridas. No notaba el peso de la culpa, de los errores. No había pensamientos negativos, no me martirizaba la conciencia con un contínuo ‘¿y sí…?’
Todo estaba en orden.
En mi interior había paz conmigo mismo, había vida.
Después de tanto.
Notaba esperanza. Ilusión. Aún creía en mi, en mis posibilidades. No sentía temor a mis defectos.
Incluso era posible que alguien pudiera soñar conmigo, pensar en mi.
Algo que no sabría explicar. Como si dos pensamientos coincidieran a la vez, aunque sea a 865 kilómetros de distancia, y tú notas que quieres abrazar esa casualidad.
Era como pasar de 0 a 100 en una milésima.
De estar hundido a comerte el mundo.
Tener el pensamiento de no poder más ni física ni mentalmente y sentir de pronto tu grada alentándote a luchar, a darlo todo hasta el final. Bendita sea esa energía que nos transmiten al confiar en nosotros, que nos hace capaces de marcar el gol de la victoria cuando ya todos estaban rendidos.

Me sentía capaz de hacer algo con lo que antes ni si quiera me había atrevido a pensar.

Todos los tonos que teñían mi vida cambiaron del gris al verde. Había color, opciones.
Existían otros ojos para mirar diferente mis problemas. Otros enfoques. La alternativa que nunca contemplé.

Hubo una chispa y lo cierto es que aún me pregunto si fue en la habitación o en mi cabeza.
Fue un efímero instante.
Pero me bastó para verte.
Ahí estabas, tan guapa, sonriéndome, con tus ojos marrones clavados en los míos y tu mirada adentrándose en mi alma.
Se me paralizó todo al verte.
No podía distinguir si era cierto o una broma, si eras tú o era ficción, solo sé que fuiste más real que nunca.
Otro clic sonó en mi cabeza, como si me hubieran reseteado.

Parpadee rápido y fuerte varias veces, pero había vuelto la maldita oscuridad.
Mis miedos, mis nudos en la garganta y los pinchazos en mi corazón volvían a formar parte de mi.
La impotencia.
Volvía a estar separado de ti, sin poderte tocar.
Todo fue un sueño, una ilusión.
Pero fue efímero, como un chispazo.
Como esa minúscula y rápida chispa que prende y hace arder todo, sin que nos demos cuenta.

Como ese chispazo que hubo en mi interior al verte.
Y ahí volvía a aparecer un ápice de esperanza.
Esa chispa tan efímera que me hizo soñar contigo, ¿lograría llegar a ser una llama?
Miles de preguntas se agolpan en mi cabeza, y lo triste es que no tenía ninguna respuesta para ellas.

Y una vez más… Un clic.
Una chispa.
Una llama.
Un rastro de fuego.
Algo efímero. Rápido e intenso.
¿Y luego qué?
Luego, nada.
Una nueva chispa, efímera.
Pero ya no hay nada por arder.
Ya sólo quedan cenizas.
Y entre ellas, tú y yo.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Puzzle

Me desgarro la voz y el alma. 
Grito a los cuatro vientos, pero el soplido huracanado ahoga mis palabras. 
Escribo ocho folios. Rompo siete y el octavo, donde me sincero y digo que te quiero, lo quemo por miedo.
Como si la fuerza de mi voz o la tinta escrita en mi bloc te hiciera regresar.
Miro al cielo y yo que me creía de hielo, me rompo. Estallo en mil cachitos. 
Ya no queda nada de ese muro infranqueable, que resulta que estaba hecho de material barato. Claro, tanto golpear, rato tras rato, se rompe. 

Intenta reconstruirme, te reto. Soy como un puzzle; incompleto.
Hay una pieza rota por medio, creo que es mi corazón. 
Falta otro puñado de piezas por encajar, es la parte de arriba, la de mi ilusión.
Así que de mi ya sólo quedan cuatro sollozos, tres palabrotas, dos maldiciones y una súplica.

Podrías probar a mirar tras el cristal de mis gafas, probablemente escondan unos ojos rojos acompañados de un alma gris y unas ojeras que amenazan con no quererse ir.
¿Acaso mi mirada te parece de felicidad?
Un intento de sonrisa, una muesca fingida y a ti, que lo notas, eso te vale.
Pero, ¿qué importa la apariencia?
Puedo ser mister universo que eso no va a montar el puzzle de mi interior.
Soy como esa fortaleza que años tras años ha resistido bombas, pero desde el interior en unas horas lo hicieron arder y caer.
No quedan más que ruinas.
Tú fuíste mi guerra.
Saqué la bandera blanca de la rendición, pero tenía una puta maldición: me había enamorado de la madrastra de Blancanieves y te empeñaste en llevarte y destrozar mi corazón. Cada paso que te alejabas, él dejaba de latir.
Por suerte el cazador se apiadó. Me ayudó a levantarme y a huir.
Tocado, pero no hundido.
Intento recomponerme pero joder, siguen faltando piezas del puzzle.
El reloj del Big Ben, a falta de la pieza central de las manecillas.
El puente de Washington, con un agujero en medio.
El cuadro de Mona Lisa, a falta de un ojo.
La novena sinfonía de Beethoven con una nota musical menos.
Como Roma sin sus ruinas.
El faro de Alejandría, sin su luz.
La balanza inclinada entre alma frágil como el cristal y apariencia dura como espartanos.
Todo son puzzles incompletos.
Como yo sin tus manos.

miércoles, 25 de enero de 2017

Caperucita

Y resulta que fue Caperucita quien apuntó al pecho del lobo y apretó el gatillo. Pero como era una niña, todo el mundo le creía. Todos creían a esa inocente y dulce chica.
Nadie sabía que se quedaba en minifalda y top al salir de casa, fuera de la vista de sus padres. Nadie sabía que en sus auriculares sólo sonaban grupos enfadados, gritando e insultando, infundiéndole odio. Nadie tenía constancia de que ella había provocado innumerables incendios en el bosque.
Simplemente dio su versión.
Y todos le creyeron.
Pero nadie miró sus ojos mientras lo contaba.
Lástima que pocas personas sepan leer los ojos.
Ella se dedicó a entrelazar sus dedos, poner voz de niña buena y carita de pena. "Quería comerme".

Y lo cierto es que el lobo sólo se acercó a ella para advertirle. Para decirle que todos aquellos animales que vivían atemorizados por ella se estaban poniendo de acuerdo para pararla en seco.
No más fuego. No más pisotones, ni escupitajos, ni arrancar alas. No más veneno en la comida.
La revolución contra el mal.

Pero que irónica la vida; el único que estaba dispuesto a ayudarla, aquél lobo, acaba muerto con el corazón destrozado.
Porque los más nobles y buenos también se enamoran (inexplicablemente) del ser más cruel, capaz de acabar con él.

sábado, 6 de febrero de 2016

Vacío

Y empieza a ser costumbre esto de sentirme vacío. 
Tan vacío que ya no siento frío, ni calor.
He disparado a Cupido matando así al amor.
Y las cenizas se disipan como todo lo que quise.
No importa cuán fuerte pise, 
porque no dejo huella, 
dejo una herida imposible de que cicatrice.

Tan vacío que he quemado mi memoria llena de nuestros objetos 
y quise apagar la llama con el cajón de los recuerdos...
Y no...

Sólo hubo una explosión que no deja locos ni cuerdos, 
sólo cuerpos rotos dignos de exposición,
una decisión de la que jamás fue mi visión.

Tan vacío que ya no quedan fotos, mensajes o tus vaqueros rotos.
Olvidé tus masajes al igual que perdí nuestros pasajes.
¿Recuerdas aquél destino?
¿Y qué queda? Si no...
Si no es tu memoria, ya te dije que me moría 
y mi vida es como aquella puta noria, 
vueltas subidas y bajadas, 
y me siento puta escoria por mi idas y mis cagadas.

Tan vacío que de mi sólo queda el hastío,
el desafío a la muerte y danzar bajo un río.
Porque si me hundo al menos de agua se llena mi pecho,
y es mejor que del dolor que me inundo 
por el hecho de que eras todo y sin ti no hay ni mundo.

Pero la cagué y estoy moribundo de sentimientos,
mi corazón roto y mi alma sin cimientos. 
Ya vacío me quedo
y es el precio por el quiero y no puedo...

domingo, 24 de enero de 2016

No te temo a ti

-No, no te temo. Te tenía miedo antaño, pero ya no. 
-¿Sabes acaso quién soy? ¿Sabes... a lo que he venido?
-Claro que sé quién eres. Intimidas, pero eso no es miedo. Yo no tengo por qué asustarme. Yo he reído y he llorado. Sé qué es sufrir, y en ocasiones lo he provocado. 
Sé lo que es sangrar. 
Y sé que las heridas más dolorosas son las del alma. 
He encontrado al amor, aunque éste, a veces, también entienda del dolor.
Sé que he cometido errores.
Sé que tengo cuentas pendientes. 
Sé que me queda mucho por soñar. 
Mucho por vivir.

Me espera una familia deseando que la cree. 
Me espera una casa de la cual me queje toda la vida por tenerla que pagar, pero que cada día esté deseando llegar a ella.
Me esperan amigos que me hagan ver la vida de otro color, que me quiten vendas, o que me tapen los ojos para darme sorpresas. 
Amigos dispuestos a todo.
Y gente que no estará dispuesta a nada, y se quiera marchar de mi lado.

Me queda mucho por dar.
Y mucho por recibir.

No te tengo miedo a ti, si no lo que traes contigo.
Traes la oscuridad, un final. Unas tijeras para cortar el hilo del destino, para marcar mi fin.
Traes la facilidad para hacer que otros lloren en mi ausencia eterna.
Traes el negarme los placeres de la vida, como el de oir "¡papá!". 
El placer de dejar huella en un mundo de barro.
El placer del "buenos días, cariño" de mi esposa.
El placer de poder alcanzar mi propia meta bien elevada, y conocer realmente mi límite. 

No, no te temo a ti, muerte. 
Temo todo lo que dejo atrás por tu culpa.
Y sé que ese día está por llegar.
Pero no aún.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Me giré y me fui

-Hoy vuelvo aquí ante ti porque siento que eres la única persona en la que realmente puedo confiar, para siempre. Y la que mejor me conoce. 
>>Has estado desde siempre y si contase cosas sobre mi, tú podrías corregirme. 
Sabes de mi más que yo mismo.
Me encanta desnudarme sentimentalmente, porque entre tú y yo, eso es lo que nos une. Nuestro interior.
Y no importa si contigo río o lloro, porque no me juzgas. Tú no preguntas. 
Sabes que si empiezo necesito soltarlo todo, y te centras en escucharme en tu más absoluto silencio.
Un silencio inquietante a veces.
Soy como una botella llena, del revés y sin tapón; vaciándome por dentro, vertiéndome a la nada. Liberándome. 
Y no se si tu mirada me culpa o me hace sentir mejor persona.
Porque tú me conoces. 
Pero yo a ti no.
Soy tan imperfecto que no siempre puedo ocultarlo, y duele.
No pretendo ser perfecto, pero mis planes no eran ser esta ruina.
Una ruina que alegra tanto como daña.
Pero, ¿qué te voy a contar de mis miedos y de mis fallos?
Mejor me enjuagaré la cara y vendré a visitarte mañana.

Me giré y me fui.
Sabiendo que aquel espejo también mostraba la espalda que me daba a mi mismo.
Sabiendo que siempre vuelvo a dar la cara.

miércoles, 29 de abril de 2015

El precipicio de mi mirada

Asómate al precipicio de mi mirada y salta.
Salta adentrándote en el abismo que me llena, e ilumina mi oscuro interior.
Intenta, si puedes, modificar mi tenebroso pasado.
A ver si tú, desde dentro, puedes corregir eso que sé que fallo, pero sigo repitiendo.
Dime de mi qué puedes ver. Cuéntame cuánto queda del niño que fui ayer.
Puedes destruir mi alma o sanar las heridas por las que aún cicatriza mi corazón. Si tienes ambas opciones, si estás en mi interior, no olvides que es porque he dado pie a ello y te lo has ganado. De cualquier manera, mi confianza es tuya. Tú decides si traicionarla. 
Toca el nervio del recuerdo y devuélveme todas esas imágenes que había perdido de cuando era un crío.
Me encantaría poder ver a través de mis ojos la mirada de mi madre al verme nacer.
Yo tan pequeño, tan frágil. Ella tan feliz, llorando. Me sumergiría en el mar que supone sus lágrimas, buceando hasta unirme a ella y hacerle saber que sin haber vivido, ya la quise.

Baila sobre el festival de color de mis ojos, pero con cuidado, un mal paso te haría perderte para siempre en la amargura de mis pupilas. Tienden a dilatarse cuando algo no va bien. Me avisan, pero tarde, yo ya estoy aturdido. No he sabido ver el peligro hasta tenerlo delante. 
Y ahí estás. 
Tan tentadora como dañina, aunque no lo sepas ni sea intencionadamente.
A mi lado me das la vida y se desvanecen mis energías al verte marchar.
Pero eres mía.
Tu imagen en mis pupilas.
Saltas a mi interior.
Me invitas a ser parte de tu vida dándome la mano.
Nuestras miradas fijas, la una en la otra.
Estoy a un paso de tu abismo.
El precipicio de mi mirada, reflejado en tus ojos.
-¿Quieres que forme parte de ti?
Y tú sólo me respondes:
-Salta.
Y así me perdí para siempre, 
entrando por tus ojos.
Dejando mi fruto en tu vientre.

martes, 27 de enero de 2015

Me haré el loco al buscarte

Yo ya sabía que tú estabas perdida. No perdida. Estabas escondida.
Querías alejarte de todo. De la realidad. De tu realidad, más bien.
Todo te molestaba, las cosas no salían a tu gusto, y es normal que te doliese. Aún eres joven como para conformarte siempre con esta injusta vida, y qué otra opción te quedaba, si no huir.
No te culpo.
Tú no quieres ver este mundo en el que te pasas media vida estudiando para el resto de la vida pasártela en la cola del INEM. Tú quieres vivir, salir, bailar. Quieres reír. Quieres querer y que te quieran, no que te rompan el corazón. Quieres un círculo de amistad verdadera, y no muchos "conocidos" y falsos de cara a ti. No quieres peleas en casa, quieres buenas caras y apoyo en tus momentos de bajón. No necesitas gritos. Necesitas abrazos.
Es normal que quisieras huir.
Y así lo hiciste. Huiste.
Huiste sin dejar rastro, sin dejarme ni una mísera pista. Sin mirar atrás, como si tuvieras miedo. Hasta estar segura, alejada, sola. Huiste hasta encerrarte en ti misma.
Pequeña e indefensa. Impenetrable, marcando a fuego en tus muñecas "sin confianza no hay traición". Estando sola, nadie ni nada podría dañarte. Pero nada podría hacerte sonreír, pero tú eso ya no lo veías. Nunca supiste levantar la cabeza y mirar más allá, has sido de necesitar que alguien empuje tu columpio para ver más allá el horizonte.
Tan tímida y callada, tan apartada de todo, pero a la vez, tan enterada estabas.
Siendo tan tú.
Y ahora, sigues escondida. Nadie sabe dónde. Nadie puede encontrarte.
Salvo yo, que siempre he sido bueno al escondite, y sé tu lugar preferido.
Pero no temas, me haré el loco al buscarte.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Ciutti

-El rodaje ha sido la hostia. Pero me tiene sorprendido no haber visto a nadie aún en el pueblo. Ciutti, mientras recogemos, ¿por qué no vas a buscar dónde comprar la cena?

<<Ciutti>>
Me gusta como suena. 
Ha sido mi personaje, tiene lógica que me guste, así que este fin de semana todos me llaman así.
Ante la propuesta del productor asentí y empecé a caminar. La noche empezaba a caer y  no conocía el pueblo, por lo que fotografiaba bonitos paisajes y escenarios. Tengo un pequeño fotógrafo en mi interior y estaba aflorando en estos momentos. Foto aquí y allá.
Entre pasos y fotos llevaba ya más de media hora desde que partí. Había recorrido bastantes calles y no me había cruzado con nadie. ¿Dónde está todo el mundo?
Cuando la idea de encontrarme a oscuras entre los callejones desconocidos revoloteaba en mi cabeza, las farolas se iluminaron tenuemente.
Giré sobre mí mismo, mirando todo cuanto me rodeaba. Acostumbrado a la ciudad, esto era un pequeño paraíso: Calles largas y estrechas, flanqueadas por farolas a distancia. Tal distancia que casi te sumes en la oscuridad antes de llegar a la próxima. Mantiene la iluminación pero sin abusar, por ello, podía levantar la vista y ver el cielo repleto de estrellas. Sin coches por las carreteras, sin basura. Cada casita adornada por un sinfín de flores de la más amplia gama de colores.
Tan ensimismado estaba, que el vibrar de mi móvil en el bolsillo me sobresaltó:
- No me jodas que éste pueblo fantasma te ha absorbido a ti también. - Uno de mis compañeros me escribió por WhatsApp.
- Aquí no hay nadie. Es todo rarísimo.
- Vuelve, porque me está dando mal rollo.
- Ahora te veo.

Muy rápido dije eso. Lo cierto es que estaba perdido. 
- ¿¡Hola!?
Grité. Tanto silencio y misterio no me gustaba. Repetí el proceso de gritar, ya no por los extraños habitantes, si no por mis compañeros y poder reunirme con ellos.
A cambio de mi tercer grito recibí de respuesta una extraña risa.
- Venga, no jodáis con la bromita.
La luz bajo la que andaba titiló. Un segundo de oscuridad, y de nuevo luz. Lo primero y único que vi fue una silueta ante mí. La luz volvió a parpadear. En un segundo la luz nuevamente volvió. La silueta ya no estaba. No había nada.
- ¿¡Qué cojones!?
Si querían asustarme: lo habían logrado. Corrí. Sólo se me ocurrió correr. Si querían reírse, adelante. Pero no era yo quien corría, era mi cuerpo quien mandaba.
Una suave brisa por la velocidad azotaba mi cara.
Un susurro rozaba mis oídos: “Ciutti…”
Más corría aún.
Las farolas se apagaban a mi paso.

Cuando me ardía el pecho y me flanqueaban las piernas paré de correr.
Y la puta risa seguía sonando.

Llamé uno a uno a todo el equipo y todos los teléfonos estaban apagados. Hijos de puta.
Para colmo empezó a llover. Suele gustarme, pero ésta vez no, todo me molestaba. El frío agua empapaba mi ropa y me calaba.
La calle estaba oscura al completo y mi peor opción era quedarme quieto. Así que me moví. Rozando las paredes con la yema de mis dedos para saber por dónde moverme, me detuve un segundo. Creí distinguir algo en la pared de enfrente, y pude descubrir qué era cuando un rayo iluminó justo donde mi mirada estaba fija.
“Ciutti… Sólo quedas tú.”
Estaba escrito con sangre.

Igual no era una broma. Quizá les había ocurrido algo a mis compañeros, que también se habían ganado el sobrenombre de amigos. Mi excitación y preocupación, tal como mi miedo, creció.
Me moví con rapidez, no sabía ni a dónde, pero necesitaba estar en movimiento. Cansado de ir en línea recta, me moví en zigzag entre las calles, hasta que salí a una plaza. Una fuente, sin agua, pero me era familiar. ¡Sí! Ahí hemos rodado. De ahí fuimos a…
Me giré, orientándome, hasta topar con el último lugar donde dejé al resto. Y seguían allí, pero tirados en el suelo. Corrí hacia ellos, pero me paralicé ante sus cuerpos sangrientos. No, no era una broma. Me abandonaron las fuerzas. Rompí a llorar y caí de rodillas. Mis lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia.
¿Qué había pasado?
¿Podía ocurrir algo peor?
Aunque, mirándolo por el único punto positivo que había, yo seguía vivo.
Por poco tiempo.
Alcé la cabeza, para ver una nube de humo. ¿Fuego, pese a la lluvia? Pero la lluvia ya hacía un rato que había dejado de caer y el humo se intensificó.
Giré la cabeza hacia un lado, y luego hacia el otro. Y miré a mis espaldas.
Humo por todas partes, y se acercaba a mí, arrasándolo todo, extendiéndose de casa en casa, haciendo un cuadrado conmigo en medio.
- Supongo que éste es mi fin. – Dije para mí mismo, apenado, sin saber qué había ocurrido, sin haber dicho un te quiero a mi familia.
Notaba el calor de las llamas ya abrazándome.

Y me desperté.
- ¡Ciutti! ¿Estás bien? - Alguien me zarandeaba y me llamaba a gritos.
Lentamente abrí los ojos, me los froté y distinguí a todos los miembros de rodaje. Me sujetaba el productor, gravemente preocupado por mí.
- Estoy… Estoy bien. ¿Qué ha pasado? – Poco a poco volvía a la realidad, aturdido.
- Te has desmayado. Acabamos las secuencias y te sugerí que fueras a buscar algo de cena mientras nosotros recogíamos todo esto.
- ¡Y una mierda! Yo de aquí no me muevo.

Nadie entendió por qué dije eso. Sin más, empecé a reír y a contar lo sucedido. Todos se unieron a mis risas y decidimos no separarnos, sólo por si acaso…



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Ciutti: Personaje de la obra 'Don Juan Tenorio'.

Éste texto está escrito por y para mi gran amigo Rafa Blanes, ya que él me ha inspirado para hacerlo.
Le menciono como Ciutti porque en la obra, él le representó. Y me encantó como lo hizo, por cierto.

viernes, 24 de octubre de 2014

Volar

Cerré los ojos un instante. 
Juraría que lo había hecho hacía un segundo, pero mi cuerpo y mi mente ya no eran uno. Mi cuerpo estaba por ahí, no sabría decir dónde, pero mi mente se había desprendido y volaba. Ese vuelo en el que recorre kilómetros en segundos. 
Ya conocía esa sensación, había vivido lo mismo una y otra vez anteriormente y me resultaba familiar. Hasta ahora, todas las veces eran de igual forma. 
Jamás he descifrado ningún paisaje y a pesar de mi vértigo, esos viajes, esos vuelos eran sensacionales. No es el volar o el a dónde; es el sentir que flotas, que te elevas sin importar tu peso y ligero como una pluma te desplazas de aquí a allá. 
Conmigo siempre vuela mi familia y mis seres más queridos. Lo mejor de lo mejor a mi lado, como si yo fuese el líder de una manada. En el cielo era el rey. El sol parecía esconderse para dar paso a una gran y reluciente luna, a sabiendas de que prefiero la noche. Ante ella, nosotros tan pequeños podíamos hacernos pasar por estrellas apagadas; o muertas por ser un amor no correspondido. 
Podía rozar las nubes con la yema de mis dedos y embriagarme de su agradable y dulce olor. 
No había espacio para el dolor, arrepentimiento, culpas, enfados, heridas o algún otro malestar. 
Piensa en el amor sincero y mutuo de la pareja. El placer de la comida más exquisita que puedas saborear. La euforia de estar en primera fila en el concierto de tu vida. El hacer eternos a los abuelos. 
Piensa en la felicidad máxima. 
Eso sentí al volar en mi sueño.
Volar era mi billete a la felicidad.

Y entonces, abrí los ojos y recordé cómo volé. Recordé que para mi volar es tan simple como tenerte a mi lado, agarrando mi mano y sonriéndome. 

lunes, 28 de abril de 2014

Microrelato

Y allí estaba él, tumbado mirando su techo, esperando cualquier señal de ella.
La muchacha, sentada en su cama incapaz de dormir, esperaba a aquel, "su" chico.
Uno esperaba al otro. ¿Qué había pasado?
Se juraron amor, y se supone que se querían.
¿Qué problema hay?

Que los finales felices sólo existen en las películas. Ese es el problema.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Allí estaba...

Allí estaba; tumbado en su cama. Pensando lo injusta que es la vida. Ellos, que se aman, no encuentran más que dificultades. En cambio, otras parejas que ni tan siquiera se quieren, son felices.
¿Cómo podía ser así?
Y ahí estaba... Pensando si arrojar o no la toalla.
Pensando si eso era lo correcto;
Pensando si debía perder su felicidad y a cambio, ganar la de ella.
Aunque debiera ser por separados.

viernes, 24 de agosto de 2012

Te espero

Si no me encuentras enseguida, no te desanimes;
Si no estoy en aquel sitio, búscame en otro.
Te espero, en algún sitio estoy esperándote.
De Walt Whitman; Canto a mí mismo

miércoles, 20 de junio de 2012

El fin...

No todo es como empieza, si no cómo termina.
Y el final, nos enseña que por muy mal que estén las cosas, en un segundo, puede ser el momento más feliz de tu vida y, ESO, es lo único que debe importar. El final.
Pero... ¿Y si no hay un final?
¿Y si todo es un cuento sin fin, donde el amor vence y se queda ahí para siempre?
-Entonces, disfrutemoslo.
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